HISTORIAS PARA UNA IMAGEN CORPORATIVA

La imagen puede partir de una historia. La historia puede ser inspiradora y desembocar en un negocio con “alma”.


 

Madrid segunda mitad del siglo XX. Las tabernas oscuras de los barrios, prácticamente, estaban reservadas a los hombres. Se trapichea con paquetes de tabaco americano para eludir la “picadura”, incomoda y menos “moderna”, se toma el vino barato en los típicos vasos ” chatos”. El sonido de las fichas de dominó se entremezcla con las noticias de la radio. Los pies se “pegan” al suelo por gracia de los azúcares de los vinos derramados y la falta de limpieza. Pero a nadie le importa… Un parroquiano con los ojos chispeantes y la nariz roja como el fruto de Baco se arranca a cantar coplas mientras otros de condición similar le acompañan con palmas debajo de un letrero sucio testigo del paso del tiempo y escrito a mano que dice:

“Se prohíbe el cante y dar palmas.
La Dirección”

 

En un rincón el “machaca”* del tabernero, apura un vino pago del último “mandao”. Delgado como un sucio mondadientes, desdentado y zarrapastroso, sólo hasta el domingo, día en que se pondrá una americana con camisa beige, pañuelo de bolsillo y pañuelo de cuello. Los domingos calza también zapatos mocasines limpios a base de escupitajos y trapo grasiento. Se acicala con un peine de plástico imitando carey, escaso de púas como su dentadura falta de dientes. El propio sebo del cuero cabelludo es un buen fijador del cabello ralo, fino y desgastado por la intoxicación perpetua. No cambia una comida decente por un mísero chato. Fuma cigarrillos de paquete probablemente en pago de, quién sabe, algún tipo de trapicheo…

A continuación de la barra, una puerta con cortina de tiras de plástico, separa la taberna de un “colmado” al que se accede además de por esta puerta, por otra en la calle, para que no se mezclen las mujeres que hacen la compra de ultramarinos con los hombres inciertos que acuden a beber. De vez en cuando la “Ino” saca unas rodajas de morcilla “achorizada” a la taberna con unas finas rebanadas de pan para acompañar el áspero vino. Lo sirve en un trozo de papel acerado con el que empaqueta los embutidos que vende al otro lado de la pared que separa a los maridos pendencieros de las mujeres que cuidan de las proles.

De vez en cuando, alguno de los más chulos del barrio, pide una lata de conservas de mejillones en escabeche o de berberechos al natural que aliñan con unas gotas de limón. A pesar del aumento de la cuenta, el tabernero lo pone de mala gana. No hay cosa que más le fastidie que dejar de chismorrear o estar al tanto de las conversaciones de otros.

No sé qué daría por volver a esos ambientes. A pesar de lo que cuento, aquellas tabernas tenían un “alma” que no tienen las establecidas hoy en día aún, cuando su éxito es palpable.

Imagino una taberna de aquellas modernizada, pero manteniendo ese espíritu. Un bar en el que cada rincón hable de sus vivencias pasadas inspirando a los “feligreses”. Fantasear con aquellos ambientes conspiradores y preguntarte quién puede ser ese que acaba de entrar.

He observado que parte del éxito de las tabernas irlandesas modernas, es que mantienen ese “supuesto espíritu” de la verde y naranja Irlanda.

Al final no se trata solamente de poner azulejos… es una cuestión de imagen 360⁰

 

(*) “Machaca” por definición es el que trabaja para alguien. Se llama así también en argot al que hace el trabajo sucio, a veces, sin más remuneración que algún “pago en especie”

 

© Manuel Sevillano